REVISTA PENTALFA
EDICIÓN
DIGITAL
PUBLICACIÓN
SEMANAL TEMPLARIA
Director:
Jorge Miguel Cerlier Fauré
Redactores
principales:
-Miguel de
Gálata
-Pedro de
Meneses.
MADRID. ESPAÑA
nº 1. 15/01/17.
Año templario: 899
EDITORIAL
Intentamos,
con nuestra revista, divulgar el complejo mundo de San Bernardo de
Claraval y todo el misticismo a que dió lugar en su época. En los
Sermones leeremos lo que escribieron otros monjes sobre lo que San
Bernardo decía en sus homilías. En los Escritos será la propia
mano del santo la que se exprese. Cada Sermón está acompañado de
un resumen que haga más fácil su lectura. Intentamos que recoja lo
esencial del mismo. En el apartado de Lugares presentamos,
brevemente, fotos o breves notas de aquellos parajes relacionados con
Tierra Santa (recordemos que allí se dirigieron las Cruzadas y que
San Bernardo organizó espiritualmente una de ellas, sin duda una de
las experiencias más amargas de su vida). Algunos grupos de la época
se denominaron “sanjuanistas”. Intentamos reconstruir lo que
sabemos de San Juan Bautista. Subyace en ello la idea de “preparar
la llegada del Mesías”. La página Sigilum recoge un amplio
espectro de conocimientos de todo tipo que, al final, conducen a una
especie de esoterismo transmitido en círculos cerrados de la época
y que aún hoy subyace en muchos grupos denominados “sanjuanistas”.
De cualquier forma contribuyen a una visión compleja y trascendente
de la realidad con la seguridad de que no sólo lo que tocamos, vemos
y oímos existe realmente o tal vez nos rodea un mundo subyacente
difícilmente imaginable. El apartado de “La Familia que Encontró
a Cristo” es la mejor biografía conocida de San Bernardo de
Claraval. Los números se irán presentando con periodicidad semanal
tanto en edición impresa como digital. Procuramos que los artículos
no vayan firmados pues, en el fondo, son todos el producto de una
labor de equipo y el resultado conjunto del trabajo de varios
autores.
LOS
SERMONES DE SAN BERNARDO DE CLARAVAL
EN
EL NACIMIENTO DE LOS SANTOS INOCENTES
SERMÓN
ÚNICO
De las
cuatro festividades continuadas del Nacimiento del Señor, de San
Estebán, de San Juan y de los los Santos Inocentes
Bendito sea
el que viene en el nombre del Señor: el Señor es Dios y ha hecho
brillar su luz sobre nosotros; bendito sea su nombre glorioso, que es
santo. No vino infructuosamente lo santo, que nació de María, sino
que copiosamente difunde el nombre y la gracia de la santidad.
Verdaderamente de aquí es Juan Santo, es Esteban Santo, y también
los Santos Inocentes. Con provechosa disposición acompañan estas
tres solemnidades al nacimiento del Señor. No sólo para que
continuándose las festividades persevere la devoción continua, sino
también para que el fruto del Nacimiento del Señor sea conocido de
nosotros en ellas, como un efecto y consecuencia de él. Se advierten
en estas tres solemnidades como tres especies de santidad: ni yo
juzgo que se pueda hallar fuera de estos tres géneros de Santos,
otro cuarto entre los hombres. Tenemos en el bienaventurado Esteban
la obra y la voluntad del martirio: tenemos sola la voluntad en el
bienaventurado Juan: y tenemos solo la obra de los Santos Inocentes.
Todos ellos bebieron el cáliz de la salud o con el cuerpo y el
espíritu juntamente. O con sólo el espíritu; o con sólo el
cuerpo. Mi cáliz ciertamente beberéis dijo el Señor a Santiago, y
a Juan: no hay dudas de que hablaba del cáliz de la pasión. En fin,
cuando decía a Pedro sígueme, excitándole violentamente a la
imitación de su pasión, vuelto Pedro vió que seguía después del
discípulo que amaba Jesús, no tanto con los pasos del cuerpo sino
con el afecto de su voluntad. Bebió pues también Juan el cáliz de
la salud, y siguió al Señor como Pedro, aunque no de todas maneras
como Pedro. Porque haber permanecido así, no siguiendo con la pasión
corporal al Señor, fue consejo divino como lo dice él mismo: Así
quiero que permanezca hasta que yo venga. Como si dijera quiere él
también seguirme pero yo quiero que así permanezca.
Pero ¿habrá
quien dude de las coronas de los Inocentes? ¿Dude que los infantes
despedazados por Cristo sean coronados entre los mártires, el que no
cree que los reengendrados en Cristo son contados entre los hijos de
adopción. Cuándo aquel niño, que nació para nosotros, no contra
nosotros, permitiría que unos niños coetáneos de él fuesen
muertos por su causa, lo cual él podía estorbar con toda su
voluntad, si no providenciera a favor de ellos alguna cosa mejor;
haciendo que así como a los demás infantes, entonces la
circuncisión, ahora el bautismo, sin algún uso propio de su
voluntad les basta para conseguir la salud; así el martirio
producido por él les bastase a ellos para la Santidad? Si buscas sus
méritos para con Dios, para ser coronados, busca también sus
delitos para con Herodes para ser despedazados.
¿Es menos
acaso la piedad de Cristo que la impiedad de Herodes, para creer que
haya podido él entregar unos inocentes a la muerte y no haya podido
Cristo coronar a los que fueron muertos por él? Sea pues Esteban
mártir para con los hombres, cuya voluntad de padecer se manifestó
con toda evidencia particularmente, en que en el mismo artículo de
su muerte tenía la más viva solicitud, tanto por los perseguidores
como por si mismo, venciendo en él el afecto de su interior
compasión al afecto de su pasión corporal, de suerte que lloraba
más por los delitos de ellos que por sus propias heridas. Sea Juan
mártir para con los Ángeles, que como espirituales criaturas
conocieron con más claridad las señales espirituales de su propia
voluntad para padecer por Cristo. Pero estos verdaderamente son
vuestros mártires, o Dios, para que resplandezca con más evidencia
el privilegio de vuestra gracia en quienes ni el hombre ni el Ángel
descubre mérito alguno. Vos habéis formado en la boca de los
infantes y los niños de pecho vuestra perfecta alabanza. Gloria sea
Dios en las alturas dicen los Ángeles, y en la tierra paz a los
hombres de buena voluntad. Grande alabanza es esta sin duda, pero me
atrevo a decirlo todavía no es alabanza perfecta, hasta que venga
quien diga: dejad a los párvulos que vengan a mi, porque de los
tales es el Reino de los Cielos, y paz a los hombres aún sin el uso
de su voluntad para ilustre testimonio de la piedad de Dios.
Esto
debieran considerar los que suelen combatirse en contenciosas
disputas sobre la obra y la voluntad: consideren y adviertan que no
conviene despreciar ni lo uno ni lo otro cuando no falta la facultad;
especialmente lo uno sin lo otro (pero cuando la facultad falta) no
solo dar la salud sino la santidad. Más también se persuaden
firmemente, que aprovecha la obra sin la voluntad, pero no contra la
voluntad, de suerte que por lo que se salvan los infantes, tendrían
más condenación los que llegaron a la fe fingidamente. Del mismo
modo, en algunos la voluntad sin la obra es suficiente, pero no
contra la obra. Por ejemplo, si uno es arrebatado por la muerte
cuando tiene en si una buena voluntad, pero todavía no perfecta,
todavía no bastante valerosa para sufrir el martirio: ¿quién se
atreverá a negar que se salve por esta interpretación? Quizá no le
permite Dios que llegue a tentación tan grave, con el fin de que en
ella no desmaye y se condene. Porque, si con tan débil voluntad
fuera puesto en aquella tentación, que es sobre sus fuerzas y su
voluntad no fuese corroborada, quien duda que desmayaría, que
negaría la fe, y que si entonces muriese pereciera? Si alguno tiene
vergüenza de mi delante de los hombres, también yo tendré
vergüenza de él, dice el Señor, delante de los Ángeles de Dios,
Así, en nuestra voluntad imperfecta en la que alguno se salva,
cuando falta la ocasión y facultad para la obra, no se podría
salvar por la falta de la obra, o diciendo de otro modo, por la obra
de su rebeldía y falta. Lo mismo también podría suceder con la
ignorancia, antes bien solícitos y timoratos demos gracias al
benignísimo, y liberalísimo Salvador, que ocasiona con caridad tan
copiosa las ocasiones a la salud a los hombres, que se alegra de
encontrar en unos la voluntad y la obra, y en otros la voluntad sin
obra, en otros también sin voluntad la obra de la salud, queriendo
que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la
verdad. Porque en esto consiste la Vida Eterna, en que conozcamos al
Padre Dios verdadero y a Jesucristo a quien envió, el cual es con el
Padre un Dios verdadero, bendito sobre todas las cosas por los
siglos, Amén.
RESUMEN Y
COMENTARIO: Para la Salvación nuestro Cristo, en su misericordia,
considera varias situaciones. La primera es la existencia de una
voluntad firme, una determinación, que se consuma con un sacrificio.
Es el ejemplo de San Esteban. La segunda es la existencia de una
voluntad firme que no se consuma con el supremo ejercicio del
martirio, bien porque Dios no lo estime oportuno en ese momento o
porque crea que nuestra debilidad nos haría padecer y perder los
dones espirituales alcanzados. Queda la obra, el martirio, sin
voluntad de hacerlo. También Cristo, en su misericordia, considera
ésta una vía para la salvación del alma. Lo que no acepta es el
hecho, el martirio acompañado de la ausencia de conversión, de la
negación volitiva de la verdadera fe. Los Santos Inocentes fueron
mártires sin contar con su voluntad, pero sin oponerse al Dios
verdadero. Por eso Dios misericordioso los acoge en su seno como
santos y mártires.
SIGILUM
EL JUEGO DE LA OCA. DE CINCOS Y NUEVES
Las
ocas ocupan las casillas 5, 9, 14, 18, 23, 27, 32, 36, 41, 45, 50,
54 y 59, es decir, se alternan los cincos y los nueves, en un
intervalo de cuatro y cinco casillas entre ellos, lo que suma nueve
y nos conduce otra vez a la interpretación de los números. Por
otra parte, a lo largo del Camino de Santiago y en todas las
regiones nos topamos con lugares cuyos nombres no dejan de plantear
ciertos interrogantes, por ejemplo: ríos Oca, Oka, Oza u Oça, Oja,
montes de Oca, valles de Oca, Nanclares de la Oca, Villafranca de la
Oca; valles y ríos de Anso y Ansón, la sierra de Ancares o
Ançares; la población de El Ganso. Además, estas aves se
encuentran representadas en ermitas, iglesias, catedrales, castillos
y puentes del Camino.
LA
FAMILIA QUE ENCONTRÓ A CRISTO
(Biografía
de San Bernardo de Claraval)
INTRODUCCIÓN
La Hermana Superiora dejó el libro cuidadosamente. Era una
"Vida de San Bernardo de Clairvaux". Después, con tono de
reproche, exclamó:
—¡Ya le daría yo una buena a ese autor!
Su Hermano la contempló con un guiño divertido, y exclamó a
su vez:
—¡Vaya expresión y vaya tono, Hermana! ¿Qué es lo que le
parece mal del libro?
—El autor ha convertido a un santo de Dios en cualquier cosa
menos en un santo. Ha tomado las tonterías infantiles y la extravagancia
del noviciado de Bernardo, y ha escrito sobre ellas como si
se tratara de los hechos heroicos de un santo. Escuche usted esto.
Y tomando el libro, pasó rápidamente unas cuantas hojas,
leyendo a continuación:
"Era tal la heroica modestia de sus ojos, que al cabo de un
año de noviciado no sabia cuántas ventanas había en la capilla..."
¡Qué tontería! ¿Y quién lo sabe? Yo he sido novicia dos años; he
vuelto al noviciado todos los veranos durante veintidós años, y
ahora mismo no sabría decirle cuántas ventanas hay en nuestra
capilla. Pero nadie me atribuirá nunca la heroica modestia de los
ojos, y no creo que nadie me canonice. Por lo menos —añadió con
una sonrisa— por ahora.
No —rió su Hermano—, por ahora, no. Pero, vamos a ver, ¿no
le parece ese detalle demasiado insignificante para condenar por él
todo un libro? Admito que demasiados autores de vidas de santos,
desconociendo íntimamente la vida religiosa o la espiritual, cometen
errores semejantes. Pero ¿va usted a poner ese libro en su lista
negra sólo a causa de esa tontería?
—¡Oh!, eso es sólo un ejemplo—repuso la Hermana—. Todo
el libro me molesta. Dice lo que hizo Bernardo, no lo que fue.
—Pero Hermana, usted no debe nunca olvidar su filosofía
"agere sequitur esse". (Dime lo que hace un hombre o una mujer, y
te diré lo que son.)
La Hermana Superiora dejó el libro cuidadosamente. Era una
"Vida de San Bernardo de Clairvaux". Después, con tono de
reproche, exclamó:
—¡Ya le daría yo una buena a ese autor!
Su Hermano la contempló con un guiño divertido, y exclamó a
su vez:
—¡Vaya expresión y vaya tono, Hermana! ¿Qué es lo que le
parece mal del libro?
—El autor ha convertido a un santo de Dios en cualquier cosa
menos en un santo. Ha tomado las tonterías infantiles y la extravagancia
del noviciado de Bernardo, y ha escrito sobre ellas como si
se tratara de los hechos heroicos de un santo. Escuche usted esto.
Y tomando el libro, pasó rápidamente unas cuantas hojas,
leyendo a continuación:
"Era tal la heroica modestia de sus ojos, que al cabo de un
año de noviciado no sabia cuántas ventanas había en la capilla..."
¡Qué tontería! ¿Y quién lo sabe? Yo he sido novicia dos años; he
vuelto al noviciado todos los veranos durante veintidós años, y
ahora mismo no sabría decirle cuántas ventanas hay en nuestra
capilla. Pero nadie me atribuirá nunca la heroica modestia de los
ojos, y no creo que nadie me canonice. Por lo menos —añadió con
una sonrisa— por ahora.
No —rió su Hermano—, por ahora, no. Pero, vamos a ver, ¿no
le parece ese detalle demasiado insignificante para condenar por él
todo un libro? Admito que demasiados autores de vidas de santos,
desconociendo íntimamente la vida religiosa o la espiritual, cometen
errores semejantes. Pero ¿va usted a poner ese libro en su lista
negra sólo a causa de esa tontería?
—¡Oh!, eso es sólo un ejemplo—repuso la Hermana—. Todo
el libro me molesta. Dice lo que hizo Bernardo, no lo que fue.
—Pero Hermana, usted no debe nunca olvidar su filosofía
"agere sequitur esse". (Dime lo que hace un hombre o una mujer, y
te diré lo que son.)
ESCRITOS DE SAN BERNARDO DE CLARAVAL
Los
Grados de la Humildad y del Orgullo
SAN
BERNARDO
RETRACTACIÓN
Ya
había redactado casi la mitad de este tratado cuando se me ocurrió
confirmar y corroborar una afirmación, citando aquel pasaje del
Evangelio en el que el Señor confiesa su ignorancia sobre el día
del juicio. Y cometí una imprudencia; pues luego caí en la cuenta
de que el Evangelio no se expresa así. El texto dice tan sólo: ni
el Hijo lo sabe. Yo, en cambio, autosugestionado y sin intención de
presionar, no recordaba la expresión exacta, sino sólo el sentido;
por eso escribí: ni el Hijo del Hombre lo sabe.
Al
comenzar la siguiente discusión, traté de probar su autenticidad,
partiendo de una afirmación en contra de la verdad. Pero, como no me
dí cuenta de este error hasta mucho después de haber dado el libro
a publicidad y de haber sido transcrito por muchas personas, no he
encontrado más solución que hacer esta retractación; dado que, por
estar esparcido en tantos manuscritos, no me ha sido posible atajar
dicho error.
En
otra ocasión manifesté una opinión sobre los serafines, que nunca
he oído ni leído. Advierta el lector la prudencia del autor, que se
expresa diciendo: "pienso". No quería proponer más que
una simple opinión de aquello cuya veracidad no he podido demostrar
en la Escritura.
En
fin, incluso puede discutirse la oportunidad del título "Sobre
los grados de humildad" dado que describo más los grados de
soberbia. Aquí cargarán las tintas los menos inteligentes o los que
hacen caso omiso a los motivos del título. Al final del tratado
intento justificarlo muy escuetamente.
VIDA
Y OBRA DE SAN JUAN BAUTISTA
Evangelio según San Juan 1,1-18.
Al
principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la
Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.
Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz, sino el testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él, al declarar: "Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo".
De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.
Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz, sino el testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él, al declarar: "Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo".
De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.
LUGARES DE
INTERÉS
Abadía de
Citeaux en Borgoña (Francia)
